“Los niños deben ir a la escuela y no ser explotados económicamente”. El presidente del Comité Noruego del Nobel, Thorbjorn Jagland, resumió con esa simple frase el criterio con el que se otorgó el galardón de la Paz en su última edición. Malala Yousafzai (Pakistán) y Kailash Satyarthi (India) fueron premiados gracias a la lucha que ambos, cada uno a su manera y en su país, libran a favor de los derechos de los niños. La apuesta por el acceso a la educación como el punto de partida para el desarrollo de la libertad ha sido central en esta edición, la semilla a partir de la cual crece el progreso.
El Premio Nobel de la Paz luce hoy como un mensaje a favor de los 168 millones de niños trabajadores en el mundo, una cifra que hace 14 años, cuando comenzaba el milenio, alcanzaba los 246 millones. Aunque el terreno que falta por recorrer es extenso, el avance de los últimos tiempos refleja la razón por la que el Comité Noruego del Nobel priorizó sus trabajos. El Espectador presenta sus historias.
* Malala: ‘Este es sólo el comienzo’
El martes 9 de octubre de 2012, Malala Yousafzai, una paquistaní de 15 años, volvía en el bus del colegio a su casa cuando un hombre subió y le preguntó su nombre. Al responder, recibió tres disparos, uno de ellos en la cabeza. La bala entró por su ojo izquierdo y salió por el hombro. Le destrozó los huesos de media cara y rozó su cerebro. Malala sobrevivió de milagro, pero el movimiento vinculado al régimen talibán, que reivindicó el atentado, anunció que intentaría asesinarla otra vez. Ahora, a los 17 años, Malala está recuperada y se ha convertido en un símbolo de la lucha por el derecho a la educación. Tiene en sus manos un premio Nobel de la Paz.
Desde 2009, bajo el seudónimo de Gul Makai, Malala escribía en un blog para la BBC y contaba cómo era la vida en la región de Swat, Pakistán. Una de sus primeras entradas decía: “En mi camino a casa desde la escuela escuché a un hombre gritando: ‘¡Te mataré!’. Apresuré el paso... pero para mi gran alivio vi que estaba hablando por su móvil y que debía de estar amenazando a otra persona”.
Su temor no era injustificado, porque para entonces el régimen talibán ya llevaba dos años controlando la zona. Había decapitado a muchos en las plazas de Míngora (la principal ciudad del valle del Swat), había prohibido cantar, bailar, reunirse con los amigos, ver televisión. A las niñas no las dejaba jugar a las peluqueras con las muñecas, mucho menos ir a la escuela. Para entonces, el Ejército paquistaní estimaba que los talibanes habían decapitado a 13 niñas, destruido 170 escuelas y colocado bombas en otras cinco.
La identidad de Malala se conoció después de que el Ejército recuperara el control del valle del Swat a mediados de 2009. Malala comenzó a ser un referente del activismo por los derechos de los niños. Aparecía en canales de televisión y radio denunciando los abusos contra menores junto con su padre, Ziauddin Yousafzai, un heroico maestro de escuela que, por educar, también fue amenazado por los extremistas y decidió publicar un anuncio en un periódico en el que decía: “Mátenme, pero no hagan daño a los niños de mi escuela, que rezan todos los días al mismo Dios en el que ustedes creen”. El padre de Malala fue, por cierto, el fundador de la escuela a la cual su hija nunca pudo regresar.
Las medidas represivas de los talibanes van mucho más allá del islam. Aplican una interpretación demasiado drástica de la ley coránica. Las referencias religiosas son un velo para ocultar las intenciones reales de la milicia radical. Sus acciones están orientadas más bien por su rechazo a modelos de Occidente, donde la educación de hombres y mujeres es un derecho, por sus fines políticos y su intención de perpetuar una casta dominada por los hombres.
El Gobierno condecoró el valor y las acciones de Malala y su padre. Sin embargo, el régimen talibán las repudió e intentó asesinar a Malala aquel 9 de octubre de 2012. Cuando fue atacada, la pequeña quedó inconsciente y fue operada en Peshawar. Pasó varios días en estado crítico hasta que finalmente fue evacuada a Birmingham, Inglaterra.
Esta experiencia, dolorosa y traumática, se convirtió en un impulso para seguir adelante. Desde que se recuperó, Malala ha llevado su llamado por el acceso universal a la educación ante las Naciones Unidas, en un histórico discurso que pronunció en julio de 2013. También ha recorrido el mundo dando conferencias en un sinnúmero de foros y eventos, y la revista Time la nombró una de las cien personas más influyentes del mundo.
El mismo año en que Malala por poco fue asesinada, fuerzas armadas oficiales y grupos armados ilegales atacaron a estudiantes, maestros y escuelas en al menos 22 países, entre ellos Siria, Nigeria y Tailandia, según Human Rights Watch. Malala se convirtió en la portavoz global de todos esos niños para los cuales ir a la escuela equivale a arriesgar la vida.
El año pasado, la joven publicó el libro Yo soy Malala, en el que relata su historia y la de su familia. Fue un éxito en ventas a nivel mundial, pero fue prohibido en las escuelas privadas de Pakistán, por calificarlo como poco respetuoso del islam.
Aunque Malala sueña con volver a la región del Swat, eso sería muy riesgoso para ella. Los talibanes siguen siendo una milicia poderosa y en cualquier momento podrían intentar asesinarla otra vez. Por eso se quedó en Birmingham. Vive allí con su familia y desde marzo de 2013 va al colegio de secundaria para niñas Edgbaston.
Ayer, cuando se convirtió en la más joven laureada con el Premio Nobel de la historia, Malala estaba en la escuela, en clase de química. Al salir, dijo que el galardón recibido “no es el fin, sino el principio” de su defensa por la educación de los niños. “Quiero ver a todos los niños yendo al colegio y beneficiándose de una educación”, afirmó, y confesó que cuando fue herida a tiros a los 15 años soñaba con ser médica, pero ahora quiere ser “una buena política”.
El comité del Premio Nobel destacó su “ejemplo” y su “lucha heroica”. A pesar de su juventud, Malala ya lleva más de cinco años dedicada a comunicar al mundo los abusos que se han cometido en su país contra los menores y a defender el derecho a la educación. Es, además, un ejemplo de que los niños y jóvenes también pueden contribuir a mejorar sus propias situaciones.
*Por los niños “nunca oídos” de la India
En una pequeña aldea rural de la India, un tutor les explica a los niños, primero, que por ser niños tienen unos derechos que no tiene la gente grande y que deben identificar sus gustos y trabajar para desarrollarlos. Hace una aclaración importante: si en sus vidas han ocurrido cosas malas no es porque se las merezcan, ni porque estén pagando los errores que otros cometieron. Simplemente existen injusticias y ellos no tienen por qué cargar esos karmas.
Como esa aldea existen otras 355 distribuidas por todo el país. Son los centros de acogida que Bachpan Bachao Andolan (BBA) dispone para los menores que han sido salvados de la esclavitud o del tráfico de personas. Allí viven, van a la escuela y se mantienen alejados de los matrimonios infantiles. Todo comenzó en 1980, cuando Kailash Satyarthi decidió poner marcha una idea que lo acompañaba de pequeño: “Desde que era niño me llenaba de rabia e impotencia ver que otros niños de mi edad tuvieran que trabajar y no pudieran ir a la escuela como yo”.
Así que un buen día decidió dejar su trabajo como ingeniero electricista y establecer BBA para materializar por fin una salida a la insatisfacción que lo perseguía. Bachpan Bachao Andolan significa “Movimiento por la Salvación de la Infancia” en hindi, y desde su fundación ha tendido la mano a más de 80.000 niños víctimas de la explotación infantil.
La organización no sólo alberga a los menores: recibe denuncias, vigila e investiga. La información recogida es entregada a la Policía, que tras ese primer paso se encarga de acudir a las fábricas clandestinas para desmontarlas y rescatar a los niños. BBA pone su parte, aunque resulte triste que sus avances luzcan pequeños en un país que registra más de 60 millones de menores explotados laboralmente.
En India, el trabajo infantil es ilegal, a pesar de que en algunos casos esté “avalado” por costumbres locales y creencias populares. En una sociedad caracterizada por diferenciarse en castas, los pequeños de las clases más bajas son vendidos en ocasiones por sus propios padres para obtener algún ingreso o son manipulados con preceptos religiosos que de una u otra manera intentan hacerles ver que su lugar en el mundo puede estar en un cuarto mal iluminado, trabajando junto a otros niños por más de 15 horas al día.
Cuando Satyarthi, quien se declara un seguidor de Mahatma Gandhi, se enteró de que su trabajo a favor de los niños le había merecido el Premio Nobel de Paz, no dudó en hacerles un homenaje: lo dedicó a “todos los niños cuya voz nunca antes había sido oída en el país (...) es un honor para todos estos niños que todavía sufren la esclavitud, están sometidos al trabajo y al tráfico”.
Gracias a él, ciertos productos en los mercados de la India llevan hoy la etiqueta “Libre de explotación infantil”, conocida como RugMark, una especie de certificación internacional que incentiva al cliente a privilegiar el consumo y asimismo invita a los productores a tomar acciones para erradicar el problema de manera conjunta.
Después de 34 años de trabajo, el Nobel de la Paz le dice a Kailash Satyarthi que los esfuerzos han valido la pena y el Comité Nobel Noruego le concedió, entre otros elogios, el de luchar férreamente por el derecho de los niños a la educación.
Su labor podría ser plausible desde mucho antes, pero ahora todas las cámaras lo buscan y quizá sea el momento de cosechar nuevas herramientas y encontrar nuevos aliados que le permitan extender su trabajo. “Satyarthi nos rescató y nos hizo dueños de nuestras vidas. Para mí es un héroe”, asegura Lakshman Singh, quien tras años de ser rescatado es hoy tesorero de BBA en Nueva Dehli y amigo personal del nobel.
Opinión
Al leer esta noticia me deja la reflexión de que una persona no debe ser rica, reconocida mundialmente, presidente, papa, entre otras, para dejar un semilla en la sociedad. Cualquier persona puede hacer algo para cambiar el mundo, incluso al dar comida a un pobre, botar la basura en el lugar correspondiente, con este tipo de pequeñeses se puede lograr algo grande.
Además me sorprende que para que una persona de verdad valore las cosas, las aprecie, luche por algo, tenga que haber sufrido.
Y realmente respeto a este tipo de personas que a pesar de lo sucedido siguen adelante, y luchan por las personas, por el mundo, sin ningún tipo de interés.
Opinión
Al leer esta noticia me deja la reflexión de que una persona no debe ser rica, reconocida mundialmente, presidente, papa, entre otras, para dejar un semilla en la sociedad. Cualquier persona puede hacer algo para cambiar el mundo, incluso al dar comida a un pobre, botar la basura en el lugar correspondiente, con este tipo de pequeñeses se puede lograr algo grande.
Además me sorprende que para que una persona de verdad valore las cosas, las aprecie, luche por algo, tenga que haber sufrido.
Y realmente respeto a este tipo de personas que a pesar de lo sucedido siguen adelante, y luchan por las personas, por el mundo, sin ningún tipo de interés.
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